lunes, 4 de abril de 2011

Fiesta de presentación Erskine Caldwell

El martes, 5 de abril, a partir de las 20.30h., Navona Editorial presenta en sociedad a uno de sus escritores fetiche: Erskine Caldwell (1903-1987), retratista de la decadencia americana post crisis del 29, autor de novelas popularísimas en su época como "El camino del tabaco", "La parcela de Dios", "Un muchacho de Georgia" y "El sacrilegio de Alan Kent".

Hablarán de Caldwell y su obra JOAN CAPDEVILA (editor de Navona), XAVIER ANTICH (La Vanguardia, L'hora del lector, Universitat de Girona) y JORDI NOPCA (revista Time Out y diario Ara).
ANNA PANTINAT, poeta, leerá fragmentos de "El sacrilegio de Alan Kent", acompañada a la guitarra por HÉCTOR GILBERTO.
TEDI KGB pinchará música americana de los años 30 y 40 mientras brindamos por el gran Sur y nos marcamos unos pasitos de baile.

Será en Barcelona, en el Minusa Club (València, 166).

¡Nos vemos allí!

martes, 22 de marzo de 2011

Puro Caldwell destilado

No nos resistimos a compartir por aquí algunos de los fragmentos que componen "El sacrilegio de Alan Kent", un peculiarísimo libro de Erskine Caldwell en el que el autor presenta, de la manera más cruda, la esencia de su obra.




En el callejón trasero de nuestra casa vivía un viejo negro con sus dos esposas. Cuando mi padre me llevaba a pasear por el bosque, pasábamos junto a la cabaña y mi padre susurraba: “Sólo tienen pan de maíz con harina y agua para comer”. El viejo de pelo blanco sonreía y hacía reverencias entre la porquería roja cuando pasábamos y yo me volvía para mirarle por encima del hombro con curiosidad y lástima. Más adelante le robé a mi madre patatas y mostaza y vinagre para que comieran.

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Dos hombres estaban hablando en el puente sobre el arroyo. Uno de ellos dijo: Mañana voy a vender una bala de algodón para comprarle un triciclo a mi chico. El otro hombre dijo: Ojalá, por lo más santo, mi mujer y yo pudiéramos tener algún hijo.

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A altas horas de la noche sabía lo hermoso que el día nunca podría ser.

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Por la noche, después de que todo el mundo se hubiera ido a casa, el viento seco y polvoriento soplaba a través de las ardientes calles y me sofocaba y tenía que correr tan rápido como podía antes de volver a recobrar el aliento.

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Dos hombres estaban contando historias obscenas y sentí que Dios podría perdonar la impiedad, pero que esa vulgaridad iba con toda certeza a condenarlos.

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El día de mi cumpleaños, mi padre me regaló una enorme navaja de bolsillo flamante. Esa tarde me colé en el almacén y rajé doscientos o trescientos sacos de maíz rojo pelado.

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Cuando me rompí la pierna, la feria me dejó atrás y se fue a la siguiente ciudad.

lunes, 28 de febrero de 2011

Tres relatos contundentes

Navona rescata tres relatos de la autora que sorprenden por su inteligencia y finura.

Fiebre romana
Edith Wharton
Navona Editorial, 2010


Edith Wharton fue una de las plumas más aceradas, críticas y valientes de las letras norteamericanas del cambio de siglo del XIX al XX. Perteneciente a las clases altas de la vieja Nueva York, Wharton no sólo fue la cronista de aquellos salones y épocas sino que sobre todo se dedicó a desmenuzarlos sin ninguna piedad. Su mirada, que era a la vez tierna con las criaturas pero inplacable con las estructuras, siempre voló más allá que ninguna otra de su tiempo y se atrevió a poner negro sobre blanco cómo funcionaba la hipocresía de los salones y cómo éstos devenían en cárceles para los individuos y su libertad personal.

Comprometida con los derechos humanos y la libertad de los pueblos, Wharton fue una de las norteamericanas más cosmopolitas de su tiempo. Conoció a fondo Europa y fijó su residencia en Francia, país al que aprendió a amar después de comprometerse con su causa durante la Primera Guerra Mundial.

En los tres relatos que presenta en un minúsculo y atractivo volumen la editorial Navona, Wharton cuenta tres historias que nos remiten a sus temas de siempre pero tratados con una acidez especial. Así, en el caso de "Almas rezagadas", la presión del entorno corrompe el amor furtivo de dos amantes aunque hay cierta esperanza al final del relato, cosa no muy habitual en Wharton.

En "Tras Holbein" la autora retrata la decadencia total de una época: la anciana señora Jaspar cree que su mansión sigue abriéndose a diario para dar grandes cenas, cuando son los criados quienes simulan el decorado. El señor Warley, el otro protagonista de la historia, se cree inmune a la pendiente descendiente pero termina en la mansión de la señora Jaspar escenificando un mundo que ya perdió.

Finalmente, en "Fiebre romana", dos amigas del alma de toda la vida se relajan en la ciudad eterna durante un atardecer. La conversación fluye y los fantasmas del pasado vuelven... con sorpresas increíbles.

Un rato con Wharton, aunque sea corto, es siempre algo profundo y contundente. No se lo pierdan.

Xènia Bussé. Diari de Tarragona. 26/02/2011

sábado, 5 de febrero de 2011

El oro de Cajamarca. Jakob Wassermann



Sabemos que la conquista del Nuevo Mundo allá por el siglo XVI no fue precisamente pacífica: Que Pizarro y sus hombres llegaron vieron y arrasaron, no nos suena a nuevo; que los Incas, además de una sociedad perfectamente estamentada y organizada, contaban con un gran tesoro, son datos que nos han ido llegando desde bien jovencitos; por medio de los libros de historia del colegio primero, por medio de películas, documentales y reivindicaciones que suelen caer en 12 de octubre después.
El oro de Cajamarca, de Jakob Wassermann, es otro de estos documentos de historia-ficción, con base bien documentada, que desde hace unos meses está a nuestro alcance para permitirnos acabar de hacernos a la idea de cómo fue el asunto general partiendo de un asunto particular.

Wassermann da voz en el librito (lectura de una tarde: poco más de cien páginas) a Domingo de Sora Luce, un caballero a las órdenes de Pizarro, para explicar cómo Pizarro acabó con el último gran inca, Atahualpa. Y hablando de este hecho concreto, Wasserman, escritor alemán y judío que gozó de gran popularidad en los años 20 y 30 -los de entreguerras europeas, los del albor Nazi- habla de la conquista de américa, sí, pero habla también de la tiranía de un imperio empeñado en crecer y en eliminar a toda una raza que había decidido inferior, ¿ven el paralelismo entre el entonces histórico y el tiempo que le tocó vivir al autor?

No hay florituras literarias en El oro de Cajamarca como no las hay en el resto de la obra de Wassermann; el estilo es el de un periodista empeñado en la denuncia histórica. Wassermann hace el mismo tipo de literatura cuando escribe una cosa y cuando escribe otra; cuando ambienta sus novelas históricas en tiempos inmemoriales del imperio español de ultramar y cuando habla en la revista satírica Simplicissimus -en la que compartió plantilla con Thomas Mann, por ejemplo- del imperio creciente que él vivió en primera persona.

La sensación que queda al acabar el libro es la de la consciencia de una naturaleza humana y política depredadora: el animal grande que se come al pequeño de la forma más cruenta. Uno cierra la última página y descubre que Wasserman le ha tenido viajando mentalmente de una época a otra pasando por la presente: del imperialismo de hace seis siglos allá al del siglo pasado más aquí e, inevitablemente, al de ahora, geográficamente mucho más cercano y global.

El oro de Cajamarca. Jakob Wassermann. (Tr.: Miriam Dauster). Navona Editorial. Colección Breves Reencuentros. 2010. 8,30€

miércoles, 20 de octubre de 2010

Los destellos del oro siempre producen ceguera


"El oro de Cajamarca" narra hechos históricos, acciones consumadas por nuestros antepasados, los conquistadores españoles, sobre cuyos cimientos nos paseamos hoy, y de los cuales, por lo menos en parte, deberíamos avergonzarnos… o, como mínimo, seguir cuestionándolos, porque lo de no repetirlos, ya nos ha demostrado la historia que no es posible… Podemos, eso sí, insistir en la plena vigencia de este relato histórico, cuyo argumento gira en torno a tres ejes temáticos tristemente vinculados: la sinrazón de la fe, la demagogia del nacionalismo y, especialmente, la obsesión por el oro.

El tema histórico ha sido fuente permanente de relatos literarios. El término "istoria2 fue utilizado, ya en el siglo v a.C., por Herodoto para designar hechos adquiridos por observación; o también por Tácito (69-96 d.C.) para describir los acontecimientos presenciados u oídos por él; esta noción se mantiene prácticamente durante toda la Edad Media; sin embargo, a partir del Renacimiento se consolida la idea de que hay otra vía de conocimiento del pasado: la investigación de las huellas que los acontecimientos han dejado y que subsisten en el presente. Por otro lado, durante el Romanticismo responde a un deseo de evasión, de refugio en el pasado por el rechazo de un presente ingrato; y, por ejemplo, en la literatura hispanoamericana del XIX, aparece una notable producción de novelas históricas escritas, muchas de ellas, con intención didáctica en defensa de la cultura indígena . Y aunque quizás éste no sea el único fin de "El Oro de Cajamarca", sí coincide con esta prosa en la intención de restituir la memoria histórica de una sociedad que, en muchos aspectos, estaba muy por encima de los que la saquearon.
El escritor alemán Jakob Wassermann (1873-1934), huérfano de madre desde los nueve años, tuvo una niñez marcada por la pobreza, por la rigidez del padre y por una madrastra “tan malvada como las que sólo existen en los cuentos”. Para sobrevivir a esas carencias ya desde muy niño empezó a inventar historias; de modo que para protegerse se hizo narrador, y, ya de adulto, para escapar de la indigencia, escritor. Y se convirtió en uno tan extraordinario, que Thomas Mann llegó a decir: “posee esa distinción e instinto para la literatura, ese don excepcional que ninguno de nosotros llegará a alcanzar jamás”.
Con 16 años Wassermann abandona su ciudad natal y se traslada a Munich donde, a partir de 1896, trabaja como redactor en Simplicissimus , y empieza una productiva relación profesional con Samuel Fisher (entonces, el editor más importante de Alemania) que se prolongó durante más de treinta años, hasta la ascensión de los nazis en 1933. Así, Wassermann, ya a principios del siglo XX, fue uno de los autores más leídos en Alemania (llegando a eclipsar a su amigo T. Mann) y sus obras fueron traducidas a innumerables idiomas, como la novela “Der Fall Maurizius” (1928) de la que vendió más de un millón de copias en EE. UU., y de la que, por ejemplo, Henry Miller afirmó no haber podido dejar de leerla una y otra vez.
Pero, a igual que le sucedería a Rilke , su enorme éxito nunca le ayudó a escapar de su propio cerco vital. El de Wassermann fue un aislamiento triple y de por vida: en su juventud, por la falta de afecto y la incomprensión paterna a su deseo de escribir; como judío, por no sentir ese ‘obligado’ arraigo; y como escritor alemán, sin plena legitimación social por ser judío ; Y quizás fue ese “sentirse extraño entre extraños en un país extraño” , lo que le hizo acudir a la historia tan menudo; para explicar(se) el porqué de esos hechos incomprensibles que perfilan con tanta insistencia nuestro devenir; para indagar sobre cómo afectan las consecuencias de la historia colectiva a cada una de las individuales, incluso si eso, a veces, resulta paradójico, como sucede en Golowin (1920), donde una aristócrata en plena Revolución Rusa es capaz de sobreponerse a innumerables avatares para salvar su propia vida y la de sus hijos… pero, en cambio, ni su rango ni sus habilidades la protegerán frente a una simple conversación, que la agitará de tal modo que comprenderá para siempre que, en ocasiones, el mayor desconcierto lo alberga el ser humano dentro de sí, muy por encima de los convulsos acontecimientos que puedan sucederse a su alrededor.
Pero no siempre los hechos históricos pueden mantenerse en un segundo plano.
Wassermann se basó en el libro de William Hickling Prescott The Conquest of Peru de 1847, para escribir este relato histórico, publicado por primera vez en Viena en 1923 bajo el título "Das Gold von Caxamalca" en la colección Der Geist des Pilgers, y que podría considerarse lo contrario a Golowin, ya que, a pesar de que el autor (re)vive la historia, aquí no decide ‘quedarse al margen’ para cederle el protagonismo a la introspección… aquí no se aparta de la cruda realidad de la que fue testigo Domingo de Soria de Luce, y que, ahora ya anciano y retirado en un convento, rememora cómo apresaron y dieron muerte a Atahualpa, el Inca, en la Conquista del Perú en 1532 bajo el mando del analfabeto Francisco Pizarro. En "El oro de Cajamarca" el acontecimiento histórico, la trama externa, se convierte en el drama interno del narrador-protagonista que intenta sobrevivir a los ecos que le siguen llegando de aquella maldad colectiva; intenta soportar el recuerdo de aquel vergonzoso comportamiento perpetrado en nombre de la historia, alentado por el nacionalismo, legitimado por la católica Corona española e incontrolado por la desmedida avidez por el oro; y, precisamente por haber participado en todo ello y por no haber intentado nada para impedirlo, decide fijarlo por escrito para que no se diluya, para que no se tergiverse, para que pueda ser (re)considerado…
En la actualidad, cuando los múltiples conflictos de ‘nuestra sociedad del bienestar’ consiguen incluso desdibujar el concepto de crisis y nos devuelven la ineficacia de nuestro código de valores, el discurso de Wassermann nos propone abordar asuntos siempre pendientes —aparentemente manidos— como el de: por qué, a pesar de las consecuencias, en distintas épocas y lugares y de una u otra forma, el ser humano no deja de perpetrar guerras, genocidios, exterminios… contra sí mismo. Pues a día de hoy, la pregunta no contestada sigue siendo ¿quién y cómo se rinden cuentas de aquellos actos históricos, individuales o colectivos, que perjudican a toda la humanidad? Todo indica que eso va en función de quién nos cuenta lo ya sucedido, es decir, qué parte de la istoria y con qué propósito.
Para algunos, la clave está en discutir si el relato histórico es sesgado o no. Siempre lo es. Por tanto, quizás lo interesante resida en encontrar a alguien que ya superó esta cuestión e intentó no soslayar la verdad (en la medida de lo posible y sin querer redactar un ensayo histórico), y aspiró a integrar la ficción con la honestidad, y el sentido común con la autocrítica, aunque eso nunca ha sido empresa fácil, según experimentó el propio Wassermann: “una y otra vez la desalentadora certidumbre de que cualquier sentimiento nacional específico no tolera ningún tipo de crítica, únicamente sumisa idealización y adulación complaciente. Y eso no es distinto ni para los judíos ni para los alemanes ni para los franceses…”.
Y, según se lee en "El oro de Cajamarca2, ni para los españoles.
Gran parte de la estabilidad de este relato es, por tanto, quién lo escribe, desde qué necesidad y con qué fin. El escritor alemán no es un indígena resentido, ni un católico a la defensiva, ni un nazi, ni un judío ortodoxo, ni un banquero arruinado… es un hombre que siempre se sintió en medio de ninguna parte y que, al igual que Kafka, siempre sufrió una incómoda tensión para con sus raíces como queda patente en su primera novela “Die Juden von Zindorf” (1897). La integridad de Jakob Wassermann, no sólo se forjó por no dejarse tentar por la comodidad de declarase ‘sólo’ alemán, o de atrincherarse tras su condición de judío, siempre fue un escritor más internacionalista que nacionalista y que a lo largo de su extensa producción literaria no cesó en el empeño de preguntar(se) por los resortes que desencadenan la maldad humana.
Y ahora, ya en pleno siglo XXI, de nuevo nuestras almas han quedado al descubierto, tanto o más que en aquellos oscuros tiempos de la Conquista, pues ‘el capitalismo salvaje’ se revela más como un castigo a nuestra codicia que como un medio de vida honroso capaz de protegernos frente a la infelicidad. Y Wassermann con este relato histórico aborda, una vez más, el hecho de por qué seguimos creyendo que nuestra cegadora avidez de riqueza nos conducirá al ideal de libertad, y nos insta a admitir la ofuscación que nos produce el oro, a pesar de los funestos perfiles que cada lingote trae consigo.
Leibniz intentó convencernos de que éste era ‘el mejor de los mundos posibles’ ; y de que “mejor no significaba moralmente bueno, sino matemáticamente bueno, ya que Dios, entre las infinitas posibilidades de mundos, ha encontrado la variedad más estable y homogénea”. Así, según el filósofo alemán, “este mundo es el matemática y físicamente más perfecto, pues (sea moralmente bueno o malo, no importa) es el mejor posible”. Pues bien, sin querer minimizar el alcance de esta reflexión filosófica, es posible, que después de leer "El oro de Cajamarca" al lector le apetezca reconsiderar seriamente si depende de la acción del hombre o de los designios divinos, el hecho de que este mundo se bifurque en varios que se dan la espalda; de si uno de esos (sub)mundos en el que nos encontramos, nos parece realmente ‘el mejor de los mundos posibles’ pues, en demasiados acontecimientos históricos, hemos excluido de él, de forma ‘legítima’ e intelectual, toda ética. Y aunque cada cual ensordece su conciencia como puede ¿con qué sofisticados argumentos se convencerán, a sí mismos, todos aquellos incondicionales de la fe, de la incompatibilidad de cometer actos atroces contra sus iguales en nombre de Dios? Quién sabe, si más de un creyente no se convirtió en agnóstico, o un agnóstico en ateo, después de leer algo de historia.
No sabemos qué hubiese sucedido con el pueblo inca a lo largo del tiempo, pero sí intuimos que ‘otro mundo fue posible’; uno en el que el oro no suponía ni más (ni menos) que un hermoso legado de la naturaleza… Pero desapareció. Según algunos historiadores , la gran catástrofe demográfica de la población indígena se produjo, especialmente, con la llegada de los europeos. La dimensión de tal exterminio sigue siendo hoy objeto de controversia, pues las muertes no las causaron sólo las guerras, la violencia o las condiciones de explotación, también las enfermedades inexistentes en América traídas por los europeos .
El ocaso del pueblo inca fue uno más de los que hizo retroceder la condición humana en todas y cada una de sus posibilidades ya que, tal vez, “en lo que se pierde la humanidad de poder llegar a ser” radica la máxima tristeza. Por ello, resulta tan tentador ampararse en las rotundas y definitivas palabras de Wassermann:
“La memoria de la humanidad será tan implacable como la mía. De eso estoy seguro en mi soledad”.


Miriam Dauster
Madrid, septiembre de 2010

martes, 10 de agosto de 2010

Carcajadas de porte clásico


Henri Bergson escribió en su obra monográfica “La risa” (1899) que el hecho de reírse nos instruye sobre los procedimientos de la imaginación humana, y, más particularmente, sobre la imaginación social, colectiva y popular. Es decir, que uno nunca se ríe a solas ni porque quiere, sino a la sazón de un resorte que algo o alguien activa en nuestro interior. Cuando leemos prácticamente cualquier obra de la extensa bibliografía de Mark Twain, las posibilidades de esbozar una sonrisa en cada página, de reírse incluso a carcajadas al término de un capítulo, superan en número a la media de historias y autores que enardecen el ánimo. En esta recopilación de quince relatos humorísticos queremos rendir homenaje a un autor que entendía la vida y escribía sobre ella casi exclusivamente en clave de humor.
Mark Twain (1835-1910), pseudónimo de Samuel Langhorne Clemens, nació en Florida, una pequeña localidad de Missouri situada en los límites de la frontera del Oeste. Su padre, John Marshall Clemens, era un emigrante de Virginia que trataba de hacer fortuna con la especulación de tierras en plena época de la fiebre del oro, y su madre Jane (Lampton) era una mujer de carácter que procedía de una familia de la aristocracia inglesa. Los Clemens tenían cuatro hijos y dos hijas, y poco después del nacimiento de Twain se mudaron a Hannibal, una ciudad portuaria a orillas del Mississippi. El joven escritor pasó una infancia feliz y disipada que le serviría de fuente de inspiración para sus obras insignes, “Las aventuras de Tom Sawyer” (1876) y “Las aventuras de Huckleberry Finn” (1885). A la edad de doce años, tras la muerte de su padre, Twain se vio obligado a abandonar sus estudios en una escuela municipal para empezar a trabajar. Uno de sus primeros empleos fue como aprendiz de impresor en el periódico local “Courier”, y esa experiencia abrió el apetito de Twain hacia el ámbito de la comunicación. Su afán aventurero, curioso, ligeramente bohemio y crítico encajaba a la perfección con una coyuntura próspera para el periodismo americano, un negocio en el que proliferaban publicaciones de toda clase y condición. Twain decidió entonces trabajar para su hermano Orion, un empresario que era dueño de varios periódicos y le abriría las puertas a futuras colaboraciones en el sector. Fue en esta etapa de juventud temprana cuando Twain se estrenó como autor y publicó varios relatos humorísticos que aparecieron en una revista deportiva de Boston en 1852, titulada “Carpet-Bag”.
Sus «bosquejos», tal y como él insistía en llamar a esos relatos, eran historias sin pretensiones y de apariencia inocente que delataban cierta tendencia hacia la caricatura y la observación social. Para Twain, los paisajes norteamericanos de frontera, las costumbres de sus gentes y la esencia humana –en especial sus virtudes y sus defectos– protagonizaban su particular visión satírica del mundo. La manera óptima de plasmarla era mediante un estilo narrativo trufado de vulgarismos y expresiones coloquiales de un sabor picante genuinamente americano. Entre las distintas variantes de mazorcas de maíz y de especies de marsupiales, la pluma de Twain no sólo se erige como burlona, sino que se alimenta de la energía, el color y el movimiento que provocan la propia inercia y entropía de sus personajes: hombres y mujeres que insisten en ver el mundo a su manera y no escatiman en exagerar detalles, negarse a reconocer lo evidente, o recurrir a la hipérbole, incluso a la fanfarronería. No es que mientan, es que deciden creerse sus propios embustes como el famoso entrenador de una atlética rana en “La célebre rana saltarina del condado de Calaveras”. Algunos son pobres diablos, garrulos de pueblo como el coronel Jack y el coronel Jim que no alcanzan a ver la diferencia entre un coche y un ómnibus, y otras son mujeres al borde de un ataque de nervios: véase la insoportable señora McWilliams y su peculiar lucha contra la difteria. Pero todos ellos, desde el profano editor de un periódico agrícola que confunde los nabos con las manzanas y el sufrido huésped de hotel europeo que no soporta los desayunos continentales, conforman un intrépido retrato de una América que ya no existe pero cuya estela perdura en las capas freáticas de la sociedad estadounidense moderna.
El sentido del humor de Twain exige al lector la capacidad de reírse de aparentes veleidades y exageraciones que pertenecen a una escuela clásica de comicidad: encontramos a un pícaro que se ríe a costa del incauto y se aprovecha de él, o bien se recrea hiperbólicamente en un escenario alternativo que evoca a otro muy conocido por el lector. Cuando las ocurrencias de Twain provocan nuestras carcajadas nos damos cuenta de que son risas que pertenecen a otros tiempos, a otros modos de entender el ridículo y el escarnio que, sin embargo, se entroncan indefectiblemente con el cinismo y la acritud de nuestro humor actual. Twain jamás abandonó su deje cáustico y gracioso en toda su producción literaria, y de hecho ésta alimentó su éxito como escritor de culto durante buena parte de su vida. Obras como “Los inocentes en el extranjero” (1869), “Un vagabundo en el extranjero” (1880) o “El robo del elefante blanco” (1882) hacen gala de una vis cómica que trasciende las fronteras de lo casero, lo americano y lo conocido para adentrarse en territorios desapacibles que se inspiran en los viajes que Twain realizó a Europa y a Saint Louis, Nueva York, Chicago, Filadelfia o Connecticut. En 1870, en la cúspide de su carrera, y casi una década después de luchar durante breves semanas con el Ejército Confederado en la Guerra Civil, Twain se casó con Olivia Langdon, hija de un próspero hombre de negocios de Elmira, Nueva York. Fue un matrimonio bien avenido que procuró a Twain cierta medida de estabilidad financiera y un refugio emocional que, sin embargo, no impediría su afición por contar sus periplos locales bajo una estampa de temas sociales y políticos candentes en esa época: la esclavitud, la especulación financiera, la corrupción política, la pobreza o la duplicidad de la religión. Mark Twain no era amigo de las moralinas ni de señalar caminos o responsables, para él, la literatura constituye una ficción sobre otra ficción, que es nuestra vida. Por eso, la realidad es una metaficción y lo único que verdaderamente importa es sentarse en el porche de tu casa a contemplar la eterna “commedia dell’arte” que es la existencia. Sólo entonces merece la pena escribirla, porque es lo único que nos permite reírnos de ella.

Carme Font
Abril de 2010

jueves, 22 de julio de 2010

Primer PREMIO AL LECTOR convocado por NAVONA editorial


Navona convoca el PREMIO AL LECTOR de 2.450 euros y varios lotes de Reencuentros a quienes respondan correctamente el formulario que se puede encontrar en librerías a partir de mañana. Una vez cumplimentado hay que enviarlo a la sede de la editorial:
c/ Aragón 259, 08007 Barcelona.
Entre todos los que respondan correctamente se sortearán los premios el 31 de diciembre de 2010.
Primero: 1.500 euros y una colección de “Reencuentros”
Segundo: 700 euros y una colección de “Reencuentros”
Tercero: 250 euros y una colección de “Reencuentros"
Del cuarto al décimo: una colección de “Reencuentros”

Si habéis sido fieles lectores de Steinbeck, Caldwell, Mark Twain, London, Saki y F. Scott Fitzgerald, lo tendréis fácil.
¡Suerte!