
En el callejón trasero de nuestra casa vivía un viejo negro con sus dos esposas. Cuando mi padre me llevaba a pasear por el bosque, pasábamos junto a la cabaña y mi padre susurraba: “Sólo tienen pan de maíz con harina y agua para comer”. El viejo de pelo blanco sonreía y hacía reverencias entre la porquería roja cuando pasábamos y yo me volvía para mirarle por encima del hombro con curiosidad y lástima. Más adelante le robé a mi madre patatas y mostaza y vinagre para que comieran.
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Dos hombres estaban hablando en el puente sobre el arroyo. Uno de ellos dijo: Mañana voy a vender una bala de algodón para comprarle un triciclo a mi chico. El otro hombre dijo: Ojalá, por lo más santo, mi mujer y yo pudiéramos tener algún hijo.
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A altas horas de la noche sabía lo hermoso que el día nunca podría ser.
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Por la noche, después de que todo el mundo se hubiera ido a casa, el viento seco y polvoriento soplaba a través de las ardientes calles y me sofocaba y tenía que correr tan rápido como podía antes de volver a recobrar el aliento.
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Dos hombres estaban contando historias obscenas y sentí que Dios podría perdonar la impiedad, pero que esa vulgaridad iba con toda certeza a condenarlos.
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El día de mi cumpleaños, mi padre me regaló una enorme navaja de bolsillo flamante. Esa tarde me colé en el almacén y rajé doscientos o trescientos sacos de maíz rojo pelado.
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Cuando me rompí la pierna, la feria me dejó atrás y se fue a la siguiente ciudad.