jueves, 22 de julio de 2010

Primer PREMIO AL LECTOR convocado por NAVONA editorial


Navona convoca el PREMIO AL LECTOR de 2.450 euros y varios lotes de Reencuentros a quienes respondan correctamente el formulario que se puede encontrar en librerías a partir de mañana. Una vez cumplimentado hay que enviarlo a la sede de la editorial:
c/ Aragón 259, 08007 Barcelona.
Entre todos los que respondan correctamente se sortearán los premios el 31 de diciembre de 2010.
Primero: 1.500 euros y una colección de “Reencuentros”
Segundo: 700 euros y una colección de “Reencuentros”
Tercero: 250 euros y una colección de “Reencuentros"
Del cuarto al décimo: una colección de “Reencuentros”

Si habéis sido fieles lectores de Steinbeck, Caldwell, Mark Twain, London, Saki y F. Scott Fitzgerald, lo tendréis fácil.
¡Suerte!

jueves, 15 de julio de 2010

El maestro del color que vivió en la oscuridad


"Aquel sofocante verano" supone un festín de aromas, sonidos, colores y sensaciones…
antes de la tormenta, quién sabe si anunciada…

A Keyserling se le conoce por el ser el máximo exponente del Impresionismo literario alemán. El único o el mejor, lo cierto es que este novelista y dramaturgo compartió con los pintores impresionistas (para muchos, el movimiento artístico más importante de la modernidad) no sólo un estilo creativo, aparentemente, inacabado, si no también, una vida de lo más azarosa.
Décimo de doce hermanos, el conde Eduard von Keyserling nació el 15 de mayo de 1855 en el castillo familiar de Paddern (Lettland, a orillas del Báltico). Pero ya desde muy joven, debido a su singular personalidad, su aristocrático entorno le consideró un außenseiter (lo que conocemos, por la voz inglesa, como outsider). Con veintitrés años decidió desligarse —en parte— de su familia, instalándose en Viena (y un año a Graz) para estudiar Filosofía e Historia del Arte. Tras los estudios, y a petición de su madre, gestiona el patrimonio familiar durante cinco años hasta que ésta fallece en 1894. A continuación, decide trasladarse, junto con tres de sus hermanas, a la ciudad cultural y literaria por excelencia de aquellos momentos: Munich, donde, salvo algún viaje, permanecerá durante el resto de su vida. Pero el escritor afronta esta nueva etapa ya enfermo de sífilis, lo que le ocasionará numerosas y terribles dolencias y, entre ellas, quizás la peor: la ceguera. Desde los cincuenta y tres años y hasta su muerte en 1918, Keyserling vive toda una década ciego. Hecho éste, que acrecienta su tendencia außenseiter y le aboca a un aislamiento tan absoluto como el de escritores tipo Rilke o R. Walser… ya que, no sólo se trata de un refugio físico: a partir de 1908 se recluye en su casa y, prácticamente, no vuelve a pisar la calle, si no también, sentimental: no se le conoce ninguna relación significativa. Y muchos coincidimos en afirmar que sus mejores obras pertenecen a esta época cuando consigue ir más allá del Naturalismo y, sin descuidar los preceptos socialistas que éste impone, se adentra en el Impresionismo con novelas como "Beate und Mareile. Eine Schloßgeschichte" (1903), o con novellen como la que aquí se presenta, "Schwüle Tage" (1904) bajo el título "Aquel sofocante verano". (Es preciso aclarar que La Novelle es un género alemán que no se reduce a ser una novela de menor extensión ni, p.e., debe ser comparada con la nouvelle, pues funciona con unas leyes estructurales muy específicas como, entre otras muchas, que la trama debe girar en torno a un único núcleo; o que debe contener un Wendepuntkt (punto de inflexión) que precipita el final.)

Así, el escritor ya de por sí enfermizo y que se sabe llamativamente poco agraciado desde la adolescencia, cuando empieza a vivir esta época de madurez en Munich, debe aprender a soportar estrecheces económicas (la I Guerra Mundial mengua las renta del patrimonio familiar), o a sobrellevar las terribles y dolorosas consecuencias de la sífilis, como la de quedarse ciego…, por tanto, sin posibilidad de observar, ni de escribir…, por lo que se ve obligado a recurrir a sus recuerdos, a su imaginación y dictarlos a sus hermanas. De todo el conjunto de su producción literaria, sólo se ha conservado una pequeña parte pues, al parecer, gran parte de su obra fue destruida por expreso deseo suyo. No así "Aquel sofocante verano" que transmite mucho de ese peculiar contexto vital de Keyserling y, en especial, por el doble exilio, físico y emocional, al que se ve abocado Bill, el protagonista; pues el argumento de esta novelle impresionista no destaca por contar lo que sucede, sino por qué tipo de impresiones nos causa lo que sucede. En éste y en otros tantos aspectos, la historia de Bill nos recuerda, y mucho, a la de "Ewald Tragy" de Rilke. En ambos casos, se trata de una narración semi-autobiográfica de dos jóvenes protagonistas de apenas dieciocho años y con alma de poeta. Así, Bill (al igual que Ewald) empieza a descubrir la vida al tiempo que sortea la ambivalente relación que mantiene con un padre rígido e incapaz de comunicarse con él (también aquí con una destacada ausencia de la madre) y, por encima de todo, intenta sobrevivir en un entorno que —de forma innata y desde muy joven— intuye corrompido, y que, conforme va creciendo, le produce más extrañeza y más desasosiego, llegando a asumir que (ni quisiera por la tentación de no sentirse solo) jamás encajará en él. Pero así como Rilke, que siempre tuvo la aspiración de pertenecer a la clase alta, disecciona (desde abajo) cada ángulo de su asfixiante ambiente pequeño burgués; el conde Keyserling, en cambio, desenmascara (desde arriba) ese, supuestamente privilegiado entorno aristocrático. Y esta oblicua y polivalente perspectiva es la que dota a esta obra de máximo interés.
Llamamos impresionista a Keyserling porque describe la realidad, no sólo como es, sino como la percibimos. No recrea ambientes, los crea. Pues al igual que Monet, Degas o Renoir… enriquece sus textos con instantes de ese mundo idílico que alberga la naturaleza plein air; para cuya explosión de colores, sonidos, atmósferas… cualquier vocabulario parece quedarse corto. Quizás por eso, en el modo de presentar el discurso de este escritor alemán, lo primero que puede sorprender es cómo antepone los matices: el color, el olor, la forma de una cosa, siempre le importa más que la cosa. No es que no tenga en cuenta la sintaxis más tradicional, más formal…, es que, precisamente, la fuerza para crear esa estética. Así, los adjetivos y los adverbios generalmente relegados a su condición de complementos, aquí, abren la oración; son los protagonistas absolutos y todos los demás elementos narrativos se ven sometidos a su sorprendente carga semántica. Y todo eso, a la postre, lo envuelve en un estilo que, a simple vista, puede parecer inacabado, desgarbado… pues, por ejemplo, con un aparente flujo de conciencia en el que evita los nexos deliberadamente, obliga a pausas poco comunes. Aunque la meticulosidad de Keyserling va mucho más allá: para rematar esa fingida improvisación, utiliza un narrador en primera persona que se desdobla, sin previo aviso, en dos voces que se van intercalando: la del adulto que recuerda aquel verano, y la del joven Bill que lo vive en un presente que, aunque se sabe histórico, parece real. Y lo más sugestivo de estos dos planos narrativos es que la madurez del que recuerda se ve contenida: parece frenar su propia interpretación; ésa que, se quiera o no, impone el paso del tiempo. De este modo, nos presenta esas primeras experiencias como lo que fueron: descubrimientos tal y como los vive Bill; desde los más cotidianos, hasta aquellos sucesos irreversibles que supondrán un antes y un después en la vida del protagonista. Este margen de lectura (presente también en E.T.) deja al lector la posibilidad de una mayor amplitud imaginativa, una ‘frescura’ que no todos los textos son capaces de proporcionar o, si se prefiere, de salvaguardar.
Pero en Aquel sofocante verano, quizás la novelle más lírica de Keyserling, no todo es maestría formal, ni estética, más bien al contrario, pues todos y cada uno de sus protagonistas pueden palpar cómo les acecha la tragedia; desde los secundarios como Gerda: “Siempre nos ronda algo triste. No sé lo que es”, hasta los principales como Bill: “En cualquier momento, puede aparecer algo de la oscuridad, algo horrible, ¿por qué?”. De tal modo, que a este escritor impresionista —en mi opinión— se le debe destacar, también en esta narración y, por encima de todo, por el peso de su carga ética. Pues el autor nos advierte que todo ese esplendor es efímero; nos recuerda que no constituye la realidad total, tan sólo una parte; que esas cegadoras, ilimitadas y magníficas gradaciones de luz crepuscular encubren una considerable oscuridad… muchas sombras… que el escritor aborda sin dejarse subyugar por esa magnífica belleza que tanto le fascina. La sagacidad y la puntería de Keyserling muestra a alguien capaz de mirarse en el espejo de los demás, como el de los campesinos y sirvientes de Aquel sofocante verano…, y que no le tiembla el pulso para denunciar esas jaulas de oro cuyos representantes se jactan de recrear conductas endogámicas, mezquinas y siniestras, apuntaladas por un sinfín de formalidades hipócritas. Cuando además, todas ellas abocan a un único destino: la tragedia, la infelicidad… o peor: el vacío. Conductas y consecuencias que el propio Keyserling tuvo que padecer y de las que siempre quiso desvincularse. Así lo destacó su amigo K. Holm en 1932 en las memorias del escritor: "Ich kleingeschrieben" ("Yo escrito en minúscula"). Según Holm, no existía nada que Keyserling odiara más que la falsa compasión e hizo todo lo posible para que nunca se supiera de su infelicidad, aún cuando, ya entonces, era todo un enigma. Y sobre esa necesidad de independencia para con la propia vida, para con el propio sufrimiento, podemos leer también en Aquel sofocante verano: “Nunca sentimos más lástima de nosotros mismos, que cuando los demás nos consuelan”.
Aún así, a pesar de su propio dolor y gracias a su capacidad para comprender la mezquindad humana y las debilidades que aguardan en los repliegues del espíritu, fue capaz de darnos cobijo en sus relatos ya que, y en la línea de lo dicho por M. Mosebach:
“Las noches de verano de Keyserling, siempre serán un refugio en las que el lector podrá resguardarse cuando sienta frío".

Miriam Dauster
Madrid, mayo de 2010

jueves, 3 de junio de 2010

El predicador más macarra de la literatura universal


Tras la publicación de "El camino del tabaco" (1932) y "La parcela de Dios" (1933) Erskine Caldwell se dispuso a escribir otra novela. El éxito, con escándalo incluido, alcanzado por las mencionadas obras supuso para su autor un nuevo reto. Durante la escritura de "El predicador" a Caldwell le asaltaron las dudas y aún después de publicada la novela en 1935 mantuvo sus reservas en cuanto al resultado conseguido. Sin embargo, con la perspectiva del tiempo, lo que se pone de manifiesto es la extremada coherencia de una singular narrativa en su punto álgido; de manera que "El predicador", aunque menos conocida que sus dos novelas anteriores, supone un digno colofón a una soberbia trilogía.
Erskine Caldwell era hijo de un pastor ordenado de los Presbiterianos Reformados Asociados, y pasó los primeros años de su vida recorriendo con sus padres un buen número de pueblos y ciudades del Sur de Estados Unidos. Como dice en "A la sombra del campanario" (1966) -un libro a medio camino entre el ensayo y la reminiscencia autobiográfica- “había vivido como hijo de un pastor durante todos esos años, lo que me había hecho acumular una considerable cantidad de experiencia religiosa, por lo que me sentía confiado en poder ajustarme a cualquier clase de vida, fuera donde fuera”. Fruto en gran parte de esta experiencia es "El predicador", por primera vez editada en España por Navona.
El protagonista de la novela es Semon Dye, un predicador ambulante que un buen día se detiene en el pueblo de Rocky Comfort, en Georgia, dispuesto aparentemente a salvar las almas de sus habitantes. Dye se aloja en casa de Clay Horey, un propietario rural casado con Dene, una joven de quince años. Allí conocerá, entre otras personas, a Lorene, la ex mujer de Clay, que ejerce de prostituta; a Sugar y Hardy, una pareja de arrendatarios negros; y al vecino Tom Rhodes, destilador clandestino de whisky. A partir de entonces, y a lo largo de apenas una semana, las vidas de cuantos entran en contacto con el predicador se verán trastocadas. Dye trata de acostarse con Sugar, intenta seducir a Dene, se ofrece a ser el proxeneta de Lorene y le gana a Clay a los dados (trucados) casi todas sus pertenencias.
Seductor, pícaro, intrigante y desvergonzado, el personaje de Semon Dye rompe los esquemas de lo que se supone debe ser un ministro del Señor. Engaña, bebe, juega, fornica y no duda llegado el caso en hacer uso de un arma de fuego. En este sentido, Semon Dye –un “hombre de Dios”, como se define él mismo- puede alinearse junto a otros dos famosos predicadores de ficción: Elmer Gantry, de la novela homónima de Sinclair Lewis, y el reverendo Harry Powell de "La noche del cazador" de Davis Grub. No tan histriónico como el primero ni tan siniestro como el segundo, se iguala en perversidad a ambos. Hay en la actitud de Dye algo de demoníaco. En nombre de Dios hace el trabajo del diablo (las moscas que acosan a las mujeres en el sermón del domingo vendrían a ser como emisarias de Belcebú, el “señor de las moscas” en la tradición demonológica). Con este excesivo y turbador personaje Caldwell quiso condensar lo peor de aquellos charlatanes sin escrúpulos que se hacían pasar por ministros del Señor. En esta ocasión, más que denunciar las condiciones sociales y la discriminación racial, como había hecho con la mayoría de sus relatos y novelas anteriores, el autor dirige sus dardos hacia determinadas sectas religiosas que explotaban impunemente a las capas más desfavorecidas del Sur con manipuladores mensajes y ceremonias histéricas (el catártico, casi orgásmico, sermón final sería un epítome de este tipo de actos).
Como era de esperar la publicación de "El predicador" fue recibida con disparidad de opiniones y no alcanzó el mismo extraordinario favor del público que había cosechado con las dos novelas anteriores (aunque se vendió bien y se hizo una versión teatral de la misma). Por su parte, la crítica, un tanto desconcertada por el nuevo sesgo de Caldwell, se dividió. Mientras unos valoraron el aspecto sombrío del asunto y la “exasperación” del autor con sus personajes; otros recalcaron el carácter “entretenido” de su lectura o incidieron en el “consumado humor” de algunas situaciones. Ciertamente, un humor agridulce impregna las actuaciones de algunos personajes dándoles un toque grotesco. Todo ello presidido como de costumbre por un estilo depurado, franco, nada retórico y con unos diálogos magistrales.
En una de las más originales escenas, hacia el final de la novela, Clay y Semon van a visitar a Tom Rhodes. Lo encuentran en el cobertizo, sentado en un taburete, observando arrobado el mundo exterior a través de una grieta en la pared del mismo: “No hay nada como mirar a través de la pared del cobertizo –les dice-. Te sientas un rato, y en cuanto te despistas, ya no puedes apartar los ojos. Atrapa a un hombre como nada en el mundo. Te sientas, forzando la vista y mirando árboles o algo, y quizás empieces a pensar en lo estúpido que es lo que estás haciendo, pero no te importa un carajo. Lo único que te importa es quedarte ahí y mirar”. Al margen del simbolismo que queramos asignar a esta “rendija”, ocurre algo parecido con esta novela de Caldwell. Una vez empezada no podemos dejar de leerla.

Jorge Ordaz

martes, 18 de mayo de 2010

El éxito de TORTILLA FLAT o la simpatía por el débil



“Te digo, Lázaro, que más debes al vino que a tu padre, porque tu padre una vez te dio la vida pero el vino mil veces te la dio”. Así alecciona el ciego al Lazarillo de Tormes tras el episodio de la longaniza, mientras unje de vino su cara descalabrada de paria de la Tierra. Pero la frase, en otro sentido, bien podrían aplicársela a sí mismos los protagonistas de Tortilla Flat, tan granujas y tan pobres como Lázaro e igualmente aficionados a empinar el codo.
Tomar el sol, no dar golpe, estafar a sus vecinos y trasegar cantidades ingentes de vino peleón son las actividades habituales de Danny y Pilón y Pablo y Jesús María Corcorán. Pero también, como harapientos caballeros andantes, hacer el bien, proteger a los desamparados y ayudar a todo el mundo, aunque su filantropía tenga a menudo tintes filibusteros. Si la moralidad de los paisanos, como la de Lázaro, es más que dudosa, sus intenciones no pueden ponerse en duda: son siempre nobles.
Esa ambivalencia está presente en todas las acciones de los amigos de Danny: salvan de la miseria a la familia de Teresina Cortez, aunque luego la dejan embarazada (“trató inútilmente de recordar cuál de ellos era el responsable”); propinan una fenomenal paliza a Big Joe el Portugués por haber robado el tesoro del Pirata pero luego curarán con mimo sus heridas y le otorgarán el perdón junto con un vaso de vino; engañan a Torrelli, se acuestan con su mujer, lo arrojan de casa a puntapiés y, mientras brindan, concluyen (y el deseo es sincero): “Deberíamos hacer algo bueno por Torrelli”.
Y es que en Tortilla Flat resuenan los ecos de la mejor literatura picaresca europea -del ya citado Lazarillo de Tormes al aventurero Simplicísimus- en cómica mezcolanza con las leyendas caballerescas. Los paisanos, pícaros modernos que juran defender a los débiles, son comparados con los caballeros de la Tabla Redonda, con Rolando y Robin Hood, bien que las virtudes clásicas del héroe se vean aquí trasmutadas en vagancia, ebriedad, lujuria y bravuconería. Los amigos de Danny son unos golfos con corazón de oro.
Lo cual provocará no pocas escenas humorísticas. Resulta difícil contener la risa siguiendo el hilo del razonamiento de Pilón para despojar al Pirata de sus ganancias “por su propio bien”. O al escuchar cómo Jesús María censura virtuosamente al estafado Torrelli: “A esta hora de la mañana y ya borracho...”. Las jugosas conversaciones en el porche de la casa de Danny enlazan paródicamente con los relatos eróticos del Decamerón; las desopilantes aventuras amorosas de los amigos, con la novelería del amor cortés y sentimental que parte del Renacimiento para llegar a nuestros días. Trapaceros e ingenuos, leales y cínicos, los paisanos siempre terminan por hacer las paces con el mundo; a poder ser, con un vaso en la mano.
¿Es entonces Tortilla Flat una comedia, una novela de humor? Sin duda. Pero también, y sobre todo, una historia profundamente lírica, llena de ternura y buenas intenciones: un canto a la amistad, la camaradería y los placeres sencillos, con sus ribetes de misticismo y un final agridulce y melancólico.


Hace poco, alguien que no ha leído aún Tortilla Flat (y que espero lo haga en esta nueva versión) me preguntaba si la novela tiene alguna relación con la que puede considerarse la obra maestra de John Steinbeck, Las uvas de la ira. Algo tienen en común –contesté- y es lo siguiente: Steinbeck siempre se pone de parte de los humildes.
Abiertamente liberal, incluso izquierdista, el escritor californiano mostró en toda su obra una profunda simpatía por los trabajadores, los inmigrantes y los excluídos del sistema, una simpatía moldeada en el conocimiento directo de sus duras condiciones de vida cuando, al principio de su carrera, hubo de ganarse la vida con los más variados empleos. Sus ideas y sus críticas del lado más siniestro del capitalismo le acarrearon a menudo ataques y censuras. Las uvas de la ira fue prohibida en California durante varios años y el FBI mantenía abierto un extenso expediente sobre él. Steinbeck no era, sin embargo, un hombre de partido y fue igualmente acusado por la izquierda oficial y el Partido Comunista de “tibieza ideológica”. Su causa, lejos de cualquier dogmatismo, no era otra que la del hombre corriente, sus alegrías, su dolor y su lucha.
Ahora bien, si Las uvas de la ira es un durísimo alegato contra la injusticia social, Tortilla Flat presenta el reverso idealizado y amable de ese mundo de desposeídos que las gentes “respetables” contemplan como una amenaza a su estilo de vida. Steinbeck publica Tortilla Flat en 1935 (fue su primer éxito de crítica y público), sólo dos años antes de Ratones y hombres y cuatro de Las uvas de la ira. Pero a pesar de la cercanía temporal, Danny y sus amigos están aún muy lejos de las dolorosas peripecias de George y Lennie y de la familia Joad. Ciertamente, toda la obra de Steinbeck está impregnada de lirismo, pero en distintas vetas: dulce y risueño en El pony colorado y Tortilla Flat; amargo en Ratones y hombres, Las uvas de la ira o La perla. Poesía, en cualquier caso, nacida de la compasión y la simpatía por el débil.

NUESTRA EDICIÓN
Para esta nueva traducción de Tortilla Flat (que recupera el título original de la novela y trata de corregir los errores de anteriores versiones) nos hemos basado en el texto de la edición inglesa de Penguin de 1950. Traducir, ya es un tópico repetirlo, implica traicionar en cierto modo el estilo y las intenciones del autor. Hemos intentado, respetar uno y otras hasta donde ha sido posible, dejando fuera, no obstante, algunos rasgos que pudieran tener su importancia. Me referiré tan sólo a uno: los giros arcaizantes (mezcla de dialectalismo y afectación formal) que los personajes utilizan ocasionalmente en sus conversaciones: “Vos sois, vos tenéis”... Los registros castellanos con los que pretendimos reproducirlos (un voseo como el argentino o un lenguaje cercano al habla del Siglo de Oro) no resultaban naturales y podían representar un estorbo para el lector. Finalmente, se impuso obviar esos matices que, no obstante, quedan implícitos en el tono y contenido de los diálogos.
Se han respetado, en cambio, las numerosas expresiones chicanas, propias del marco fronterizo en que se desarrolla la obra y que tan bien conocía John Steinbeck, oriundo de la cercana Salinas, “una bonita ciudad”, como afirma Jesús María Corcorán, “ese dechado de humanismo”.
Pero acaso no tan bonita como la propia Tortilla Flat.


José Luis Piquero
Islantilla, diciembre de 2007